Con la humildad de siempre, el músico se asume un laburante y repasa anécdotas del nuevo disco para el que se dio algunos lujitos: invitar al baterista Jim Keltner y a Charly García, dos que le hicieron la vida imposible.
>>>PARA VER LA NOTA EN PDF HACER CLICK AQUÍ<<<
Escrib Sergio Marchi
Sabía positivamente que su nuevo disco coincidiría con su cumpleaños número 60, que festejó el 20 de noviembre. Entonces, ¿por qué motivo no iba a soñar a lo grande? Después de 40 años de carrera, en la que acumuló un paisaje de autopistas con infinitos carriles, caminos de ripio intransitable, cráteres, montañas, valles, quebradas y demás accidentes geográficos y de los de la vida, que los ha padecido y cantado, hecho que quedó reflejado en su canción “Los accidentes de la ruta”, de 1981, León quería darse, para su nuevo disco, algunos gustitos que lo hicieran feliz.
Para comenzar, el nombre tenía algo de satisfacción personal: El desembarco alude a la irrupción de las Madres de Plaza de Mayo y otras organizaciones de derechos humanos en la ESMA. “El sentido del título –le dice un Gieco entusiasmadísimo a El Guardián– era claramente ese. Hebe (Bonafini) llamó a ese momento ‘el desembarco’, y yo cuando hago un disco veo los títulos de los temas y elijo uno para el álbum. Cuando apareció el título, me pareció que lo más lógico es que me saque todas las fotos en la ESMA. Este desembarco significa el logro más importante que alcanzamos en la lucha por los derechos humanos. Y mirá lo lindo que está ese lugar que tuvo tanta carga negativa. Es la primera vez que sale fotografiado en un disco. Por supuesto, ese lugar tan emblemático lleno de muerte ahora es un campus de la memoria. Está Paka Paka, el Canal Encuentro, los ADN, el Ecunhi de Hebe, que es un teatro impresionante; están las Madres Línea Fundadora, las Abuelas, hay un lugar impresionante para Hijos y, en el medio, un centro de denuncias de torturas de todas partes del mundo, que hoy es Patrimonio de la Humanidad. Allí presenté Mundo Alas, y toqué cada vez que Hebe me lo pidió”.
Además de reivindicaciones de este tipo, que para León constituyen un núcleo central de su obra, había otros placeres, más musicales, que preparaba con humildad y sin grandilocuencia para este nuevo disco, cuya tapa presenta a León Gieco apoyado en un árbol portando una guitarra eléctrica, que es nada menos la que usó Edelmiro Molinari en Almendra. Hoy, que Edelmiro pelea contra un cáncer bravo, León se mantiene en contacto estrecho con el amigo que le brindó un lugar en Los Ángeles, cuando acá lo corrían los militares. Otro Almendra, Luis Alberto Spinetta, comparte no sólo la autoría sino que también le pone su voz a “8 de octubre”, tema que recuerda a los chicos del colegio ECOS que murieron en un tremendo accidente cuando volvían de ayudar a una escuela del interior en 2006. Entonces, León Gieco comenzó a entusiasmarse con los invitados, y convocó a Roxana Amed, Hugo Fattoruso y Rubén Rada para “Las cruces de Belén”. Gustavo Santaolalla, el amigo que le dio clases de guitarra a poco de llegar a la ciudad, cantó y tocó el ronroco en “A los mineros de Bolivia”, una melodía de León basada en un poema del Che Guevara.
Todo marchaba sobre ruedas, hasta que llegaron dos tipos que le escupieron el asado: Jim Keltner y Charly García. El primero –al segundo no hace falta presentarlo– era un sueño de León. “Yo ya lo quería para el disco anterior –explica–; lo habíamos contratado y cinco días antes de la grabación se fue de gira por Japón. Gustavo Borner (su técnico de grabación) lo volvió a llamar para este disco y le recordó que yo era un músico argentino que había querido grabar con él. Me ayudó haber tocado con Bono, porque Borner le dijo a Keltner que toqué con U2 en Buenos Aires, y el tipo dijo que iba a venir tres días al estudio. Yo estaba contentísimo, porque este tipo tocó con todos los músicos que admiro: Eric Clapton, Ry Cooder, John Lennon, George Harrison, a dos baterías con Ringo Starr en el concierto para Bangladesh. Además fue el primer baterista que sonó en mi pensión en Buenos Aires, cuando me vine para acá, porque tocó en un disco de Harry Nilsson que me había comprado”.
–Gustos sofisticados tenía el campesino León de entonces.
–No, la cosa fue así. Cuando yo era chico leía las revistas Pinap y Pelo y en una de esas leo que Paul McCartney se iba de Los Beatles, y que John Lennon tenía un amigo que quería meter en su reemplazo y que se llamaba Harry Nilsson. Entonces, pienso que ese tipo debía ser un genio y compré un disco de Harry Nilsson. ¿Quién tocaba en ese disco? Jim Keltner. Pasan 40 años, después de grabar con él lo googleamos para ver con quién más había tocado, y me aparece ese dato. Cuando vuelvo a Buenos Aires, busco el disco, que todavía lo tengo, ¿y quién está en la contratapa? El fucking Jim Keltner. Que fue el primer baterista que sonó en la pensión.
–Y ahora vos grabás con él.
–Es una buena forma de festejar los 60 años. ¿No te parece?
–Excelente idea: debe haber sido un sueño tocar con él.
–No, fue una pesadilla. Cuando llegó, el bajista Jimmy Johnson (que, sumado a Dean Parks y Mark Goldenberg, formaron el grupo que tocó en todo el disco) me pregunta si Jim Keltner va a tocar todo el disco. Tené en cuenta que el tipo es una especie de Van Gogh de la batería. Le digo a Johnson que sí, y me dice, en castellano: “Loooco”. Le pregunto si Jim Keltner está loco. Y me dice: “Nooo, usted es loooco”.
–No era una locura: es una leyenda más que un baterista.
–Para comenzar, el tipo llegó tres horas tarde, ni saludó, se fue directo a la batería y le comenzó a pegar, probando y buscando el sonido. Estábamos todos los músicos en el control, cada uno con su parte del tema; llegó él ¿y qué agarró? ¡La lista de las hamburguesas! Yo ya me estaba poniendo nervioso. Había ensayado con los músicos, les había pasado las canciones, teníamos todo pulcro y prolijo. Jim Keltner se puso a tocar ¡y los músicos comenzaron a seguirlo a él! Tocaban reventados, todo podrido: ¡Jim Keltner me copó la parada! Yo no estaba acostumbrado a un sonido así, quería un sonido radial. Y Borner me dijo “¿para qué mierda querés un sonido radial si en la puta vida te pasan por la radio? Bancate ésta, que es amigo de Keith Richards el chabón”. Con Gurito (Luis Gurevich, el hombre con quien produce, toca y compone León) dijimos que si usábamos la teoría de Atahualpa Yupanqui de “tocar con la vida”, un palo de este tipo era John Lennon, el otro George Harrison, el otro Eric Clapton, el otro Charlie Watts. Tenía toda esa carga. Keltner comenzaba a tocar y todos lo seguían a él, todo garage.
–Pero eso no te gustaba.
–La pasé mal los primeros días, no podía tolerar este sonido. Yo quería algo más tranqui; y vino Keltner y se acabó todo, y los músicos lo seguían a él. Y yo que era el autor del disco, mirando. ¡Me quería matar, era una especie de psicópata! Le pedí ayuda a Gustavo Santaolalla y le dije: “Me está cagando el disco este chabón”. Gustavo escuchó y me dijo: “No, el chabón te está dando el sonido del disco”.
–¿No le podías pedir lo que querías?
–Le pedí al ingeniero que le dijera que toque el tambor en “Las canciones”, porque Keltner tocaba sólo los ton-tons. Y Borner me dijo que fuera a decírselo yo. Entonces encaré para el estudio, el tipo me paró y me dijo en castellano: “Es una de las mejores canciones”. Le pregunté si me hablaba en serio. Y me explicó: “Yo era amigo de los Doors, y esta canción suena como ellos, por eso toco los ton-tons”. ¿Y qué le iba a decir? ¡Era un psicópata el loco! Lo empecé a querer. Cuando terminó la grabación, los otros músicos agarraron sus instrumentos y se fueron. ¿Quién se quedó tres horas colgado? Jim Keltner. Demoró tres en llegar y tres en salir. Y yo le hacía de plomo, le ayudaba a guardar los platillos. Al final, se fueron todos, terminó y me dijo en castellano: “Mi madre se llama Teresa Mendoza. Quiero que me contrates para Argentina y vamos a Mendoza a tomar vinos”. ¡Un personaje increíble! No lo gocé tanto, me di cuenta al tercer día. Y recién ahora me está comenzando a gustar el disco, ahora estoy entendiendo el sonido.
–Otro gusto que te diste en este disco fue reunir a Porsuigieco, 36 años después.
–Sí, pero me pasó lo mismo que con Jim Keltner. Primero grabamos con Raúl Porchetto, Nito Mestre y María Rosa Yorio, porque Charly estaba en México. Cuando volvió se vino a mi estudio y se llevó a Raúl y a Nito de nuevo. “Lo de Porsuigieco lo produzco yo, Yieco”. Me peleaba. “No, Charly, esto es un tema de León Gieco, sólo quiero que me grabes la voz”. Entonces agarró y me amenazó: “Te la vamos a hacer mierda la canción, Yieco”.
–¿Yieco?
–Sí, él me llama Yieco siempre, de jodido que es. Cuando me dice que me va a hacer mierda la canción, le explico que yo lo llamé para que la canción progrese. Ahí me cuenta que se trajo también un vocoder y tres teclados. Y yo sólo quería su voz, para que cantara con Nito unas estrofas, y tener a Sui Generis en el tema. Además le expliqué que la idea del disco era grabar en vivo, y que estábamos con Jim Keltner en la batería, que él sabe muy bien quien es. “No importa: es mufa. ¿No ves que John Lennon está muerto?”. Igual, Charly grabó millones de canales, que los tenemos guardados por si queremos sacar otra versión.
–El sonido del disco parece ideal para acompañar canciones como “El argentinito” o “Fachos”, temas con letras muy fuertes. Se te percibe enojado.
–“Fachos” tiene algo rapeado, y toda la banda suena como “Simpatía por el demonio” de los Rolling Stones, que está en un disco que yo adoro: Banquete de pordioseros. Me entusiasmaba que sonara así. Ahí le encontré la vuelta a Jim Keltner que hace unos breaks rarísimos. En algunos temas sueno enojado y en otros no.
–Esos dos temas tienen un nivel de violencia inaudito en tus canciones.
–“El argentinito” es el “facho” que tenemos adentro, que algunos lo tienen exacerbado, otros lo tienen a flor de piel, y otros como yo lo pisan todo el tiempo para que el hijo de puta no aparezca nunca. Yo lo tengo porque soy un ser humano, como todos. Gracias a la educación y a la información, sabemos que decir que las villas miserias son por culpa de los bolivianos y los peruanos que entran ilegales está mal, agarrar una topadora y tirar la Villa 31 abajo también está mal. Después hay cosas más zarpadas de violencia en las letras, como el poner pajaritos en la licuadora y dulce de leche en el zapato de los amigos que se quedan a dormir.
–Es como demasiado.
–Bueno, los militares estudiaron una carrera y terminaron siendo asesinos. Hay tipos que estudian arquería y practican con sapos, a los que después exhiben como trofeos. Con gente como esa me dan ganas de escribir letras como éstas. Yo soy pacífico, pero tengo mi temperamento: soy gato de metal y escorpiano como Charly. Por algún lado, eso sale. Ese sonido es Jim Keltner al palo.
–¿No pensaste que ese sonido tan rockero tiene que ver con el proyecto que hiciste con D-Mente, de versiones heavy metal de tus canciones?
–Puede ser. Muchos me dijeron que estaba loco. A la compañía le parecía que era un disco muy problemático, entonces pedí que me liberaran del contrato para sacarlo yo. La idea de Andrés Giménez de poner heavy metal en mis temas me pareció muy buena. ¡Si yo escuché heavy metal toda mi vida! Soy de la época de Led Zeppelin, de The Who cuando rompían las guitarras, de Jimi Hendrix. Más heavy metal que eso.
–Esa parte tuya no estaba tan visible en tus discos más recientes.
–A otro nivel y al revés es como cuando compuse “Cachito campeón de Corrientes” y me decían que estaba loco porque quería meter un chamamé siendo un rockero.
–Usted es loco Gieco.
–Y bueno, soy un jugado. No te olvides de que yo junté a Ricardo Iorio con Mercedes Sosa en la canción “El embudo”, donde también grabaron Ricardo Mollo, Chizzo de La Renga, y Gustavo Santaolalla. No planeo esas cosas: suceden. Es mágico.
–Un día te ven tocando en un pub de Colegiales como invitado de Sandra Vázquez, y al otro estás en el escenario de U2.
–Cosa que tampoco había planeado. Primero, yo no me siento más que un taxista o un albañil. Después, para mí es tan importante tocar con U2 como tocar con Sandra Vázquez, y te aseguro que estaba más preparado para tocar con ella que con U2. Había ido al VIP a tomarme unos vinos, a comer unos quesitos y después ver un gran show. Estoy por entregar las entradas para ir a mi asiento, y viene una china que me dice que Bono me quería saludar. Vamos, me saluda, y me dice que cantemos algo. Pero yo nunca canté en inglés, entonces no encontrábamos qué cantar. “Bueno, vamos a hablar con los muchachos”, me dijo y fuimos a encontrarnos al resto de los U2. Y me acordé de que ellos habían querido cantar un tema mío en River. Bono me explicó que no, que no conocían mis canciones. Entonces agarré la viola de The Edge y les canté un pedacito de “Sólo le pido a Dios”. “¡I love this song!”, me dice Bono, “Mercedes Sosa”. “No, Bono, esta canción es mía”. ¡El tipo no lo podía creer! Y me perdí a U2, porque me tuve que quedar en el backstage esperando el momento de subir al escenario con ellos. Pero estuve más cerca de U2 que nadie.
Si querés ver más “Culturas”, hacé click acá…

Es el recurso más valorado de la tevé y la publicidad, y el responsable del éxito o fracaso de un producto. Seleccionadores y famosos cuentan sus mejores y peores experiencias. Cómo triunfar en una prueba sin morir en el intento.
Lleva vendidos más de 25 millones de CD y se casó con una de las argentinas más bellas. Con gran sentido del humor, el cantante habla de sus dificultades para tener sexo con su esposa y cómo nada le gusta más que comer.
Oscar Fariña es un joven poeta nacido en Paraguay que se propuso una empresa temeraria: escribir el libro argentino más famoso en clave marginal actual. Y lo hizo con una maestría pocas veces vista en la literatura nacional.